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Este mes en la Revista : LOS MISERABLES
LOS MISERABLES

EN SALAS PRESTIGE: LA LEY Y EL DESORDEN

La historia es sencilla: un poli de provincias es trasladado a una brigada contra el crimen en los suburbios de París. Su primera jornada con sus nuevos colegas se convierte en una pesadilla cuando un chaval filma unos abusos policiales en los que están implicados. Ladj Ly ha elegido Bosquets, barriada en la que creció y donde sigue viviendo, para describir un pequeño mundo autosuficiente, con sus propias relaciones de fuerza: los chanchullos del «Alcalde», los consejos devotos de los Hermanos Musulmanes, el carisma frío del topo Salah, unos adolescentes que matan el tedio de las largas vacaciones en una piscina hinchable o con un trineo de plástico, las amenazas de los gitanos cuando desaparece su Johnny, un preciado cachorro de león… Eso sin olvidar a Buzz, un muchacho gafotas que mata el tiempo filmando con su dron el barrio (y a las chicas que se desnudan delante de las ventanas). En ese mundo que vive conforme a sus propias reglas y donde se habla a grito pelado, los polis se mueven como pez en el agua, entre la intimidación, las persecuciones en zapatillas deportivas y los pequeños trapicheos. Sin embargo, son esos adolescentes con camiseta de fútbol y sin balón quienes desestabilizaran la mecánica bien engrasada del statu quo: es el pequeño Issa quien roba la cría de león, el mismo Issa que queda desfigurado después de que le disparen a quemarropa con una flashball, incidente que filma su colega Buzz con su dron. Es obvio que podríamos comparar esta sencilla historia con la del propio Ladj Ly, pues la película se hace eco de las revueltas de 2005 provocadas por la muerte de unos adolescentes que huían de la policía y a quienes el cineasta consagró su primer documental, 365 jours . Clichy- Montfermeil. Además, en 2008 fue el propio Ladj quien filmó unos abusos policiales, quien sufrió intimidaciones y quien, a pesar de todo, difundió el vídeo. Sin embargo, aunque opta claramente por el «cinéma vérité», apoyado por unos planos secuencia nada ostentosos filmados con cámara al hombro, o unos planos de dron que devuelven su majestad a los grandes complejos de viviendas deslucidas de esa periferia sin trenes de cercanías, la película es más que la propia historia del cineasta. Cuando el chaval queda desfigurado y los adultos se las apañan para evitar que la situación degenere más, el espectador no puede optar sino por el nihilismo, a cualquier precio, contra el statu quo que deja que se pudran los inmuebles y las existencias. Cuando los colegiales acaban prendiéndole fuego a ese barrio marginal y arremeten contra todos los cómplices es casi un alivio lo que expresa toda esa violencia, que ni mucho menos es gratuita. Más que contar una historia, tal vez lo que esté haciendo Ladj Ly sea describir una época. IRENE ARETA